La impactante historia de Carolina Gorgone

La impactante historia de Carolina Gorgone

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Carolina Gorgone tiene 21 años, es enfermera, y por un golpe de la vida no puede ejercer: en el 2014 le diagnosticaron cáncer medular y todo cambió. En una charla exclusiva con La Ciudad, contó su historia, el valor de ser donante y la importancia de los controles médicos periódicos.

“Para la salud siempre tiene que haber tiempo”, afirmó Gorgone hacia el inicio de una entrevista que duró más de una hora y media. Esta enfermera de Ituzaingó se refirió a la atención que todas las personas deben darle a los chequeos médicos. Además, resaltó la importancia de donar sangre para poder curar el cáncer de médula: “Hay muchos institutos donde se puede ir, el proceso es fácil, le sacan sangre y solo con eso queda guardado en el instituto una muestra. Entonces, si una persona necesita y tu médula es compatible con la de él, te avisan. Es algo simple que puede salvar vidas”.

Síntomas y negación

Los síntomas para Carolina comenzaron en el 2013. Según contó, lo primero que sufrió fueron muchos dolores de cabeza que no tenían fin, entonces decidió acercarse a una guardia. “En la guardia me hicieron una placa, porque me decían que seguramente era algo de la columna, me preguntaron si iba a la facultad, yo les dije que sí porque en ese momento estaba estudiando para recibirme, acto seguido, me decían que estos dolores de cabeza eran culpa de los finales –lo tomé como una justificación–. Cuando me sacan la placa ven que tengo rectificada la columna, y me mandaron kinesiología. El médico que me atendió tenía razón, estaba con los finales, y no tenía tiempo para hacer kinesiología y lo dejé”.

Una vez transcurrido el verano volvió a la facultad, para cursar su último año de enfermería, aún sufría de sus dolores de cabeza. En la narración de su historia son incontables los médicos a los que recurrió, incluso afirmó que notaba que algunos profesionales no le dedicaron el tiempo necesario a su revisación. “Yo siempre fui muy hincha de hacerme los controles todos los años, soy muy del ambiente del hospital, más allá de mi carrera, desde chica que sufría enfermedades, problemas en los pulmones, operaciones. Este chequeo que me hice me dio todo perfecto, hasta mi neumonólogo se sorprendió que no tenga nada. Pero hay enfermedades que en los controles comunes no salen”, explicó.

 “Si yo no quería ver los síntomas, mi carrera y mi entorno de la facultad me los hizo ver”, afirmó Carolina. Por la facultad, la mandaban a hacer prácticas en hospitales, fue ahí donde comenzó otro síntoma, el adormecimiento de ciertas partes del cuerpo: “Me pasaba que iba caminando y se me aflojaban las piernas o se me dormía el lado derecho del cuerpo. Para mí, era producto del estrés ya que para ir al hospital debía levantarme a las 5 de la mañana, pero no era eso, yo seguía justificándome”.

En el hospital, Caro, como la llaman sus amigos y familiares, estaba en la parte de neonatología, donde se cuida a los bebes los primeros 28 días de vida. Esta era la sala preferida de Gorgone, ella disfrutaba de estar ahí, paradójicamente, fue en el lugar donde decidió “abrir los ojos” y dedicarse a encontrar una explicación a lo que le pasaba en su cuerpo: “Un día me acerqué a la profesora y le dije que me iba  a cambiar a pediatría”.

Carolina explicó que en el sector de neonatología uno tiene que tener un contacto continuo con el bebe, y en pediatría no, porque el bebe está siempre con su mamá: “Hoy tengo en claro que hice ese cambio en mi carrera porque sabía que si a mí me pasaba algo malo en neo iba a ser muy duro de afrontar. Era peligroso que yo tenga un bebe a upa con los adormecimientos que sufría”.

La búsqueda de la verdad

Carolina ahora sí notaba que algo le pasaba a su cuerpo, ya había dejado algo que le gustaba mucho por los impedimentos de su propio cuerpo: “Yo sabía que algo me estaba pasando, entonces me pedí un turno con un traumatólogo. Este médico también me mandó a kinesiología, esta vez sí la hice. Pero después de cada sesión volvía con más dolor a mi casa, quería estar en mi cama, sin moverme. Es verdad que yo tengo una rectificación en la columna, pero eso se debe a la postura, es muy común hoy en día, pero estaba ajeno a lo que de verdad sufría mi cuerpo”.

Como los dolores no le calmaban, un día por el consejo de Fernanda, la mamá, pidió turno con un traumatólogo conocido por la familia. Él fue el primero que mandó a Carolina a realizarse una resonancia. Cuando se terminó de hacer el estudio, antes de irse, se le acercaron los encargados del sector de “imágenes”, y le hicieron detallarles los síntomas que tenía: “A ellos les pude contar que se me dormían las piernas y el lado derecho del cuerpo, a demás de los dolores de cabeza”. Los de imágenes le dieron la relevancia que Gorgone necesitaba y en lugar de 15 días, lo que tardan generalmente los estudios en entregarse, en cinco días la llamaron para avisarle que sus estudios ya estaban para retirarse, que tenía que pedir un turno con el médico para que se los vea.

Carolina se sorprendió de la rapidez con la que le dieron los estudios pero siguió los pasos que le dijeron y automáticamente consiguió el turno con el traumatólogo, este la mandó a verse con un neurocirujano: “Cuando me dieron el segundo estudio, escribí lo que decía en Google, fue lo peor que pude hacer, lo primero que me saltó en la pantalla fue ‘cáncer medular’. No hay que hacerlo porque uno se atormenta antes de que el médico de su diagnostico”. El neurocirujano fue el primero que le afirmó a Carolina que tenía un tumor, no se sabía si era benigno o maligno, pero le reconoció que por la zona en la que se encuentra el tumor -sea el que sea-, a ella le iba a hacer mal.

Por cuestiones ajenas, Carolina tuvo que buscar un nuevo neurocirujano para que siga su caso, fue así que llegó hasta Pilar: “Yo le tenía que prestar mis vértebras a una persona para que me opere, uno se tiene que sentir cómoda, y así me sentí en Pilar”. Después de un mes lleno de estudios y dudas, se fijó fecha para la operación: “Hice un trato con el médico, quería que me deje rendir la última materia de la facultad. Yo necesitaba recibirme. Entonces quedamos en que yo rendía y a la otra semana me operaban. Así fue: yo llegué muy nerviosa al día de la operación, pero decidió pedirle al médico quería ser yo quien le diga a mis papás si era benigno o maligno el tumor de mi cuerpo”.

La operación y el fin de la duda

Durante el tiempo en que Carolina tardó en atenderse hasta el día de la operación, el tumor había crecido, entonces aparte de retirar una parte para la biopsia querían retirar más: “En la operación, pudieron retirar hasta cierto punto del tumor porque tuve dos paros. Cuando me desperté, lo vi al médico y le pedí que me diga, y me respondió: ‘Caro, vos ya sabés’. No tuvo que decir más: era un tumor maligno”.

Durante el tiempo de internación, Carolina, sufrió de una meningitis y tuvo que volver a ser operada donde nuevamente se enfrentó a paros cardiacos. “Después de esta operación me desperté llorando porque no sentía nada del lado derecho del cuerpo. Mi mamá me contó que me clavaban agujas y yo no me daba cuenta, no tenía nada de sensibilidad en ese lado del cuerpo. Lo más feo es no acordarse”.

Para Carolina, lo que en un principio era una semana en terapia se transformaron en 52 días. Ya que por todos los remedios que tenía que tomar, sobre todo por la meningitis, le produjo una hepatitis medicamentosa. Una vez que se estableció, se le acercó un oncólogo, esa fue la primera imagen del cáncer.

Un nuevo comienzo, un nuevo tratamiento

La etapa de rehabilitación con kinesiólogos fue lo primero que Carolina quería pasar: “Yo no podía soportar no poder moverme por mi misma, incluso un día me caí por querer levantarme para ir al baño. Ahí tuve dimensión por lo que estaba pasando mi cuerpo. Yo puedo llevar tener la enfermedad o tener dolores, pero no caminar o no escribir –porque soy derecha– no me lo podía permitir”. Gorgone, gracias a ir todos los días a kinesiología logró recuperar la movilidad de su lado derecho del cuerpo, camina y puede escribir, a su manera, pero ya no depende de una silla de ruedas.

Cuando llegó el momento de comenzar con el tratamiento, el oncólogo le dijo que tenía que hacer radioterapia y quimioterapia. Es decir, tuvo que hacer las dos terapias a la vez, y una vez que terminaba con las 32 sesiones de rayos le tocaba seguir con quimioterapia, la cual hace por vía oral: “Sufrí mucho cuando transitaba los dos tratamientos y tuve que volver a usar la silla de ruedas, estaba débil y me caía, pero yo no soportaba estar ahí sentada, para mí la silla me condenaba”.

A Gorgone le recetaron seis ciclos de quimioterapia, de los cuales son cinco días de quimioterapia y se descansan 21, pero a partir del segundo ciclo tenía que ingerir el doble de la dosis que le dieron en un primer momento: “Cuando yo tomé las pastillas la primera vez sentía que estaba bien, pero a partir del día 15 siento que el cuerpo se me afloja. Hace una semana terminé con el segundo ciclo y todavía no me recupero. Por suerte al día de hoy el tumor se está achicando gracias a estos tratamientos”.

A parte del psiquiatra que la trataba en la clínica, Carolina, comenzó con una psicóloga, que la ayuda a seguir resolviendo temas pendientes: “Como me dicen todos, es un proceso, que en un primer momento no lo entendía y ahora sí. Ahora puedo caminar y puedo escribir, claramente no puedo saltar, ni correr, no es que antes lo hacía, pero ahora que me dicen que no puedo siento ganas. Uno tiene que entender que no tiene la culpa de la enfermedad, es algo que sigo tratando con la psicóloga”.

Hoy en día Carolina sigue su camino para recuperarse, se siente mejor consigo misma y siente la continua necesidad de usar sus manos: “Me anoté en cursos de pintura, ahí me recomendaron un dispositivo que ayuda a escribir mejor, primero no lo encontrábamos en el país, pero por suerte mi tío lo encontró y me lo regaló. Ahora voy a empezar un curso de electrocardiograma, estoy conociendo nuevos enfoques para mi carrera. Yo me quedé con algo que me dijo un día una enfermera que fue la famosa frase: ‘Vos si querés, podés’, y con esa frase vivo”.

Antes de terminar la nota quiso volver a resaltar la importancia de prevenir esta enfermedad: “Hay que hacerse los chequeos necesarios, porque el cáncer muchas veces no tiene explicación, le puede pasar a un bebe que recién nace hasta a una persona mayor. El cáncer no tiene edad, mucha gente lo sabe pero la misma palabra les da miedo”. También decidió recomendar un libro para los que pasan por una situación como la que le toca vivir a ella: “Enfermé para sanar de Marina Borensztein, es un libro donde se cuenta todo sobre un lado real, como por ejemplo que te gusta que te pregunten cómo estás, porque te quieren contener, pero por otro lado querés mandar a todos lejos. Son procesos por los que pasamos”.

Su sostén son todos mis familiares, tanto la mamá, el papá, las hermanas, los abuelos, tíos, primos: “En estos días te das cuenta quienes están con vos y lo agradezco mucho. En un primer momento me costó asimilarlo, pero hoy en día lo entiendo más y lo agradezco”.

Para tener en cuenta

La Liga Argentina de Lucha Contra El Cáncer (LALCEC) es una Organización de la Sociedad Civil, creada el 22 de julio de 1921 por la señora Helena Larroque de Roffo quien ya, desde esa época afirmaba que la manera de combatir el cáncer es a través de la prevención y la detención temprana.

LALCEC tiene su sede central en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y cuenta con más de 100 representaciones en todo el país, con las cuales trabaja conjuntamente  en la lucha contra del cáncer.

Dirección: Aráoz 2380, CABA, Buenos Aires, Argentina.

Teléfono: 0810-777-5252 – http://www.lalcec.org.ar/

Por Ailín Schernetzki

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