De Ituzaingó a Olavarría: “Las lágrimas no vienen del pañuelo”

Pasadas las 11 de la mañana pusimos los pies en la ciudad, esa que se había negado dos décadas atrás: Olavarría.

Aroma a pueblo en cada esquina y mucha amabilidad en su gente, que esperaba con mucha curiosidad semejante peregrinación. El viaje fue igual a todos, al menos para los que teníamos varios kilómetros de recitales sobre los hombros nada diferente se veían en la previa rutera. El camino parecía una vez más el de la felicidad. Risas, música, amigos, nada mejor. ¿En qué momento este asunto perdió la genuinidad con la que un día comenzó? No lo sé. Son muchas las situaciones complejas que rodean este fenómeno social y cultural. Los que viajaron los últimos 10 años por el país, tras está pasión, lo saben de piel y hueso. Esto va más allá de lo que cualquiera puede razonar mientras lo mira desde adentro o parado en la vereda de enfrente.

Por motivos ajenos a todo lo que se puede controlar y manejar, está pelota se hizo cada vez más grande y mayor se volvió la dificultad para que todo salga ciento por ciento bien. Indignante se vuelve todo cuando no se comprende porque viajan personas a hacer daño. A lastimarse ellos mismos y no cuidar al que tienen a su lado.

Pasado el mediodía, el fuego apenas comenzó y el asado se puso en marcha. Alejados unas 15 cuadras del predio La Colmena el clima estaba denso, o al menos parecía distinto al de recitales anteriores ¿Cómo explicar esto y que lo entiendan todos? imposible. Se presumía en el aire que algo malo podía pasar y fue motivo de charla mientras el choripán circulaba por las manos: “¿Viste que en la semana pidieron que nos cuidemos entre todos? Hay mucha gente que no sé qué hace acá” esbozo uno de los pibes. Aquí no se trata de ser o no ser del palo, sino de tener conciencia de que es lo que pasa alrededor y ser lo más responsable posible ante la ingesta de alcohol y drogas de cualquier tipo.

Si no podes con tu razón, menos te va interesar el otro. Cuanto mayor es el número de desinteresados más alta es la posibilidad de que para los que son habitúes en este tipo de evento, las cosas se desmadren y haya problemas. Le seguridad de la cual muchos hoy se hacen eco para mal, fue la de siempre. Si no pueden controlar robos en una ciudad pequeña como es Ituzaingó, donde vivo desde que nací, menos va poder la policía controlar 300.000 personas con un agente cada 430. De las cuales 100.000 solo vinieron a hacerse daño a sí mismo y no cuidar a sus amigos.

Muy difícil se hace todo cuando la sociedad no está preparada para espectáculos de esta magnitud. Llámese rock, fútbol, movilizaciones políticas o marchas de protesta. Hoy la culpa es de la música, el sábado por la noche en Banfield podría haber sido la pelota otra vez, pero por suerte solo hubo 15 hinchas heridos en una avalancha en la tribuna de Boca. Ni la música, ni el fútbol matan. “Las lágrimas no vienen del pañuelo” sentenciaba Eduardo Galeano.

Las horas pasaron y todo parecía normal, pero no lo era. Pasadas las 18 horas era imposible encontrarse con un conocido. Demasiada era la masa que llegaba a la ciudad, sin entrada y sin ganas de pasarla bien. Mucho “Fisura” como decimos en el barrio, tipos a los que nada les interesa y solo fueron a buscar o crear problemas. Otros que fueron  a mostrar su bandera política y vanagloriarse de estar allí, como si solo ese fuera el motivo de su viaje.

A esa hora ya era imposible que no pasara nada malo. El municipio decidió vallar calles que hubieron ayudado a descomprimir la situación de desborde, cada vez más personas ponían sus pies en Olavarria y eso tampoco ayudaba. Se fue todo de las manos antes de poder controlarlo.

El ingreso fue normal, al menos como lo habíamos vivido en multitudinarios recitales anteriores y eso que entramos tarde, tan solo una hora y media antes. Allí al costado de las carpas de protección de salud y baños decidimos quedarnos, la visión y audición eran casi ideales. Estaba todo bien hasta que luego de la tercera canción se paró el recital por incidentes en sobre las vallas que hacían tope con el escenario. Nunca pudimos entender que pasaba y eso que estábamos a 40 metros. Solo sé que ese fue el punto de partido de una noche que es empezó a quebrar. Es que en los últimos 10 años no habíamos experimentado algo parecido en ningún otro show, se paró varias veces y los gritos desesperados del “Indio”, sus músicos y luego gente de la producción fueron tan duros como extraños. Se sabía que algo malo iba a pasar, pero mentiría si dijera que sería la muerte de dos compañeros de sentimiento, dos pibes como cualquiera de los que estuvimos en Olavarría. Todo comenzó a romperse luego del párate: El recital, la misa, la peregrinación, la pasión, nuestra vida y el corazón ricotero. La noche que parecía de cristal, como tantas otras, se hizo añicos.

Por Mauro Paré