Margarita Ferrer con 103 años es la Ituzainguense más longeva y vive en Villa Las Naciones

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Margarita Ferrer acaba de cumplir 103 años, el reciente 7 de junio. Vecina del barrio Villa Las Naciones, vive en la casa de su única hija, junto con su yerno y su nieta. Graciela, Tito y Candela cuidan de ella desde hace siete años, luego de que tuviera una caída grave que le generara una leve dificultad en su movilidad. Pues, hasta los 95 quiso vivir sola en su casa y así lo hizo, mientras recibía visitas esporádicas de su familia.

Descendiente de inmigrantes vascos por parte paterna y catalanes por parte materna, Margarita nació en 1916 en el barrio de Maroñas, Montevideo, cuando su mamá visitaba familiares que tenía en Uruguay. Luego de vivir sus primeros 5 años en la ciudad de La Plata, se mudó junto a sus padres a Tandil.

Allí pasó su infancia, adolescencia y juventud, y conoció a quien fuera su marido, Manuel Mario Barrero. Para ese entonces, Margarita tenía 28 años y tejía para encargues. Mario (lo llamaban por su segundo nombre), que era enfermero de veterinaria en el Ejército, con el cargo de Suboficial, le había pedido que le hiciera un par de guantes.

Resultaba que a una cuadra de su casa acababa de instalarse un regimiento de caballería. En palabras de Margarita, estaba en la puerta de casa junto a 3 militares más. Sale mi papá, y me dice ‘me parece que hay un muchacho que es militar que viene a buscar una tejedora para que le haga unos guantes’. Salgo y le digo ‘deme un poquito de tiempo que se los voy a tratar de hacer. Hasta ahora no tejí guantes’.

Se los hice y les gustó tantito que se casó conmigo nomás, cuenta Margarita, encantada del recuerdo y sintetizando el final de la anécdota.

Siete años después de conocerse, en 1951, se mudaron a Ramos Mejía, cerca del colegio Don Bosco, ya que Mario había pedido el traslado, junto con el de sus padres. Una vez instalados en la Zona Oeste, contrajeron matrimonio y tres años después tuvieron a Graciela, su única hija.

Ya para 1974 se vinieron a vivir a San Antonio de Padua, por el boulevard Esteban Echeverría. Desde ese entonces, Margarita frecuentará distintos barrios de Padua e Ituzaingó. En 1981, su marido fallece en un accidente doméstico, al caer del techo de su casa mientras colocaba una antena.

Soy muy sana, no me enfermo, expresa Margarita, como tratando de dar una explicación a su longevidad. Iba a hacer los mandados y me caí en la vereda. Aquella vuelta me llevaron al Hospital Militar (en Campo de Mayo) y cuando salimos me dicen ‘bueno, te venís a vivir con nosotros’.

Tito, su yerno, menciona que al ser dada de alta requirió de cierto esfuerzo que volviera a moverse sin dificultad. Ese día que estuvo internada se atrasó muchísimo, prácticamente no caminaba. Entonces puse una soga en el parque que es de unos 25 metros, más o menos, y tiene unos caños en la galería. La até al caño y al sauce que tenemos en el fondo. Entonces, agarrada de la soga iba caminando. Le poníamos sillas y cuando caminaba, se cansaba y se sentaba. Así empezó a recuperarse muy bien.

Ya hace un tiempo que camina sobre sus pies, pero la vamos llevando nosotros. Su estabilidad no le permite usar andador, porque se va de costado, agrega su hija.

Hace 7 años que no la ve un médico, comenta también Graciela. Y luego explica que la medicación que toma no es porque tenga una enfermedad, sino más bien con el fin de prevenir. Cualquier tosecita o cualquier cosa nos asusta porque es muy grande, pero no. Sale de todo, es de hierro. Muy sana.

Su familia explica que además tiene una alimentación amplia que abarca desde dulces como el chocolate hasta grasas o embutidos como la mayonesa o el salamín. Come absolutamente de todo, repiten al unísono. Si quiere puede tomar alcohol también. El médico le dijo que un vaso de vino en las comidas puede tomar de vez en cuando, pero no quiere, describe Tito.

Es todo muy sencillo. No fueron grandes cosas como para decir ‘¿Qué pasó?, ¿Cómo hizo para llegar a tantos años?’, interpela Margarita desde su silla; con voz baja, pero decidida. Mientras su familia y quien escribe, elogian su forma de vivir, ella trata de minimizarlo.

Todos esos valores que uno piensa que son cosas buenas de antes, ella es eso. Como el respeto, el presentarse amena. Siempre fue muy solidaria también. Si hay algo que inculca es que hay que dar, responde Candela ante la pregunta de cuáles son los valores que les transmite.

Siempre que ve que están juntando alimentos para un comedor barrial pregunta dónde los reciben, cómo se los puede llevar, continúa desarrollando Graciela.

Evidentemente formó una familia estable con mi padre. Fui hija única, pero creo que los valores están a la vista desde el momento en que decidimos tenerla, valorarla y cuidarla, expresa orgullosa su hija.

Por Julián Tagliaferro

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