Ni la peor de las miserias borrará su sonrisa

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La Real Academia Española define la palabra “heroína” como una mujer que lleva a cabo un hecho heroico. Miguelina Bicyus reúne todas las características para atribuirle ese adjetivo. Diversas situaciones que han transcurrido durante su vida hacen que la mujer de 93 años deba ser reconocida sin la necesidad de transformarse en un personaje público.

La dama oriunda de Misiones pasó toda su infancia en la mencionada provincia, más precisamente en la ciudad de Apóstoles, donde vivió junto con su madre (ucraniana) y padre (polaco), quien día a día fabricaba y vendía ladrillos, con el fin de que nada les falte tanto a ella, como a sus dos hermanos.

Al mismo tiempo que Miguelina crecía, también progresaba su devoción hacia Dios y la iglesia católica, algo de lo que jamás se ha separado y que, con el pasar de los años, lo transformó en la herramienta principal para saltear los enormes obstáculos que le ha puesto el destino a lo largo del camino. A sus 20 años se casó con Basilio Rotzen, hombre con el cual rápidamente tuvo su primer hijo: Luis; al que luego le siguieron siete más; Pedro, Martín, Rogelio, Pablo, Julio, Carmen y Ángel.
José Saramago, (Nobel de Literatura, periodista y novelista portugués), define a un hijo como: “Un ser que nos prestaron para un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y de cómo nosotros aprender a tener coraje. Ser padre o madre es el mayor acto de coraje que alguien puede tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente el de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo de perder algo tan amado. ¿Perder? ¿Cómo? No es nuestro, ¿recuerdan? Fue apenas un préstamo. Cierto, pero es un préstamo que llega a convertirse en el don más preciado que jamás llegamos a tener. Un préstamo por el que damos la vida, sabiendo que hay que devolverlo”.

La primera tragedia, una de las siete más grandes en la vida de la mujer de Apóstoles, no tardó mucho tiempo en llegar. Rogelio, con apenas 20 años, sufrió una descarga eléctrica que terminó con su vida, produciéndole a Miguelina el dolor más grande que puede sentir una madre: la muerte de su hijo.
Aquella fría tarde de Marzo de 1971, con la muerte de Rogelio, comenzó lo que sería una cadena de infelicidades dentro de la vida de esta inofensiva mujer. Meses más tarde, producto de una serie de enfermedades respiratorias, también perdió a su madre, a quien continúa echando de menos.

En busca de trabajo y un restablecimiento económico en la familia, Miguelina, lamentándose, decidió dejar atrás a su amada Misiones natal, y con ello una enormidad de amistades que hasta el día de hoy dice extrañar, incluyendo hermanos y padre, comenzando, así, una nueva vida en el centro urbano del país – Buenos Aires – y trasladando a la “gran” ciudad su pasión hacia Dios.

Mientras la democracia era exiliada del país, Miguelina llegó a Buenos Aires, más precisamente a la localidad de Ituzaingó, acompañada por Basilio y sus siete hijos. El cambio social entre Misiones y Buenos Aires fue muy brusco, lo que no permitió que la familia se acomode fácilmente y deba ganarse la vida a duras penas, sumado a la reciente muerte de uno de los integrantes.
La madre de los ocho hijos fue la que más sufrió la adaptación a la capital Argentina, especialmente porque creía que el verdadero amor hacia Dios se hallaba en Misiones, y no se sentía cómoda en las iglesias de su nueva provincia.
Su esposo, acompañado por los hijos varones, comenzó a realizar trabajos de jardinería, que le permitían a la familiar tener un sustento económico con el cual mantenerse.
Recién llegados a Buenos Aires, el destino le volvió a dar un golpe colosal y sorprendente.
Su segundo hijo, Pedro, con 30 años de edad, fue partícipe de un suceso automovilístico, que lo dejó sin vida.

MIGUELINA EN SU CASA DE LA CALLE EL CHACHO AL 2000 EN VILLA UDAONDO

MIGUELINA EN SU CASA DE LA CALLE EL CHACHO AL 2000 EN VILLA UDAONDO

La madre de la familia, golpeada, trató de continuar con su vida de la mejor manera posible, pero sabiendo que arrastraba la pérdida de dos de los siete seres más queridos en su mundo. Mientras Argentina tocaba el cielo con las manos en el año 1986, como consecuencia del Mundial de fútbol, la familia de Ituzaingó buscaba recuperarse de algo que hubiese derrumbado a cualquier mujer. Pero en el momento menos esperado, Julio, el sexto de los hijos, padeció un infarto que acabó con su vida.
Increíble e inexplicablemente, el destino había decidido que en tan sólo 15 años, Miguelina pierda a cuatro de sus ocho hijos.
En 1987 las desgracias para la familia parecían no tener fin. Ese año el hijo mayor, Luis, de 42, fue protagonista de un accidente en su trabajo y cayó al suelo desde el techo de una casa, perdiendo la vida automáticamente; algo que no hacía más que reforzar la idea de que las desdichas para los misioneros no tenían punto concluyente.
Cada muerte fue acrecentando el espíritu de la misionera, y lejos de tomarle rencor a Dios, cada día se acercaba más y más a la iglesia católica. En 1991 a su tercer hijo, Martín, también de 42, le diagnosticaron cáncer de garganta, que lo llevó a tener el mismo destino que Rogelio, Pedro, Julio y Luis. Miguelina continuaba viviendo en una pesadilla, que lucharía para transformarla en un sueño.

Durante los años siguientes a la última muerte, la vida en la familia, considerablemente reducida, comenzó a normalizarse.
Tuvieron la posibilidad de asentarse mejor económicamente y ya veían lejos la posibilidad de sufrir otra infelicidad de tamaña envergadura. Miguelina era agasajada día a día por sus nietos – algunos pertenecientes a sus hijos que ya no estaban, y otros de los que aún vivían -.
Sin embargo, volvería a aparecer otro obstáculo enorme en el camino. Nada más ni nada menos que el padre de la casa, Basilio, a los 87 años, dejó el mundo en el 2007, producto de un ataque cerebro vascular, que le hizo tener interminables problemas de salud hasta el final de sus días. El destino no dejó transcurrir mucho tiempo para volver a darle otro puñetazo a la oriunda de Apóstoles, ya que en 2009, después de la muerte de su esposo, su hijo más chico, Ángel – conocido por todo Ituzaingó como “Lito” – falleció luego de una larga lucha contra un cáncer de pulmón, a los 48 años de edad.

Esta fue la última muerte que ha sufrido “Doña Miguelina” en lo que va de su vida. En 43 años el destino ha decidido quitarle a seis de sus hijos y a su esposo.
Siete muertes que son muy difíciles de encontrarles explicación; siete muertes que destruirían a cualquier ser humano, menos a una “heroína”.

A lo largo de su vida, Miguelina buscó rezones de por qué Dios ha decidido darle tantos golpes sin que ella haya cometido algún pecado que merezca ser sancionado con tamaño castigo. Luego de tener la palabra de un considerable número de gente que ella considera cercana al “todopoderoso”, llegó a la conclusión de que él nunca castiga, sino que el destino de sus hijos fallecidos decía que ellos debían vivir hasta ese determinado momento.
Miguelina considera que su cercanía a Dios es la herramienta fundamental para poder continuar con su vida de la manera en que lo hace; sumado a la compañía permanente de su familia; aunque admite que cada vez que recuerda a sus hijos fallecidos le agarra un profundo dolor, lógico de una madre a la que le han arrancado gran parte de su vida.
Pero allí está Miguelina, más reluciente que nunca y mostrando una sonrisa ante cualquier adversidad que le presente la vida, con los anteojos que la acompañan a todos lados, junto al andador que la ayuda a caminar, y sus casi 94 Septiembres que la han golpeado, pero no la han podido derribar. Acompañada por dos hijos, siete nietos y catorce bisnietos.

Hoy quiere ir a misa, como cada día de su vida, pero deberá esperar al sábado para que alguno de sus hijos la acompañe al lugar en el cual ella es más feliz. Por lo pronto se tendrá que conformar con rezar durante varias horas en el frente de su casa, donde día a día se sienta a ver pasar el tiempo y las personas que caminan por la calle, y deberá satisfacerse, también, con la comunión que le acercan desde la iglesia Santa Rita, y con contagiarle una sonrisa a cada persona que la mira a la cara.

Mientras tiene un rosario en su mano, Miguelina observa los alrededores y en sus ojos verdes ya no se refleja aquella Ituzaingó prácticamente despoblada a la que llegó en 1973; también percibe que su casa es mucho más grande de lo que realmente era cuando la habitaban sus hijos y su esposo.

Esta mujer hoy no vive en una mansión, no tiene, ni tuvo un auto excéntrico, tampoco grandes lujos en su casa, día a día sus piernas se debilitan más y más, por lo que caminar se le hace realmente un gran desafío y necesita de asistencia durante todo el día, pero sin dudas quedará en la historia grande del mundo, dentro del mundo de aquellos héroes que no trascienden las fronteras, ni deciden transformarse en personajes públicos.
El día que Miguelina se junte con todos sus hijos que ha perdido, seguramente se va a fundir en un eterno abrazo, que verá fin únicamente cuando Dios le toque la espalda, pasen unos segundos de silencio, la mire a los ojos, y en medio del paraíso se diga a él mismo: “he creado una heroína”.
Por Lucas Romero

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