La prevención es determinante para una vejez saludable

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Argentina ocupa el séptimo lugar en cuanto a la esperanza de vida media en América Latina, con un promedio de 76,3 años, según un estudio presentado el año pasado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero ¿Qué factores aseguran que la llegada a la vejez sea de un modo saludable?

La respuesta está relacionada con el concepto de “fragilidad”, que es el deterioro de las capacidades que permiten a una persona valerse por sí misma con autonomía e independencia.

La OMS explica que “desde un punto de vista biológico, el envejecimiento es la consecuencia de la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, lo que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales, un aumento del riesgo de enfermedad, y finalmente a la muerte.

Ahora bien, esos cambios no son lineales ni uniformes, y su vinculación con la edad de una persona en años es más bien relativa. Si bien algunos septuagenarios disfrutan de una excelente salud y se desenvuelven perfectamente, otros son frágiles y necesitan ayuda considerable”.

Es decir, el envejecimiento es inherente al ser humano, pero informarse y prevenir los factores de riesgo que influyen en la pérdida de facultades, determinará que dicho envejecimiento se produzca de la manera más saludable posible o no.

Para entenderlo mejor, un individuo es considerado “frágil” si presenta al menos tres de los siguientes indicadores de pronóstico: pérdida de peso involuntaria, sin variar dietas, autoinforme de agotamiento, pérdida de fuerza muscular, que implica un mayor riesgo de caída y daño; además de la aparición de sarcopenia (pérdida degenerativa de masa muscular), actividad física reducida y disminución de la velocidad para caminar.

Algunas de estas variaciones en la salud de las personas mayores son genéticas, pero otras pueden ser producidas también por los entornos físicos y sociales, así como sus características personales, como el sexo, la etnia o el nivel socioeconómico, que son factores que empiezan a influir en el proceso de envejecimiento en una etapa incluso temprana.

Los entornos en los que se vive durante la niñez –o incluso en la fase embrionaria– junto con las características personales, tienen efectos a largo plazo en la forma de envejecer.

El mantenimiento de hábitos saludables a lo largo de la vida, en particular llevar una dieta equilibrada, realizar una actividad física periódica y abstenerse de fumar, contribuye a reducir el riesgo de padecer enfermedades no transmisibles y a mejorar las facultades físicas y mentales.

En la vejez mantener esos hábitos es también importante. El mantenimiento de la masa muscular mediante entrenamiento y una buena nutrición pueden ayudar a preservar la función cognitiva, retrasar la dependencia y revertir la fragilidad.

No hay que esperar a que haya un daño, hay que evitarlo años antes para hacer frente a la vulnerabilidad asociada al envejecimiento, por eso, si se previenen los factores de riesgo que afectan al síndrome de la fragilidad, la persona envejecerá con menos daños y, por consiguiente, con una mejor calidad de vida.

Fuentes: efesalud.com y OMS

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