Gracias, Diego

Gracias, Diego

Diego ya está en Casa Rosada
Caos en la despedida de Diego

El 25 de noviembre de 2020 será recordado por todos. No hubo un partido de fútbol, tampoco un acontecimiento político. Sin embargo y casi sin dudar, puedo afirmar que, en algunos años, todos recordaremos qué estábamos haciendo cuando el mundo se detuvo. Nos dejó hoy, pero hace rato lo extrañamos.

Diego Armando Maradona nació un 30 de octubre de 1960 en un Policlínico de la ciudad de Lanús. Fue el quinto hijo del matrimonio de “Don Diego” Maradona y Dalma Salvadora Franco, a quien todos conocimos como “La Tota”. Se crío en Villa Fiorito, Lomas de Zamora. Uno de los lugares más pobres de la provincia de Buenos Aires.

Su primer vínculo con el fútbol “de verdad”, alejado de los potreros en los que Diego dio sus primeras pinceladas, fue a los 9 años. En 1969 fue a una prueba para ingresar a las inferiores de Argentinos Juniors, donde integró el famoso equipo de “Los Cebollitas”, nombre con el que la categoría ’60 del Bicho se inscribió en los Juegos Nacionales Evita de 1973 y 1974.

Debutó en la Primera de Argentinos Juniors un 20 de octubre de 1976, en una derrota del Bicho 1-0 ante Talleres. Este partido debe ser –quizá- el encuentro con mayor asistencia de la historia. Sí, es irónico. Pero según el relato, si se contabilizaran como ciertos todos los testimonios de aquellos que afirman haber presenciado dicho encuentro, estaríamos hablando –como mínimo- de un Estadio Monumental repleto y no del viejo estadio de la Paternal.

Pero esto no es lo importante, como tampoco lo es la ausencia de Maradona en el Mundial 1978 celebrado en Argentina, aunque aún resulta extraña la decisión de Cesar Luis Menotti, por ese entonces seleccionador argentino, de no convocarlo “por su juventud”.

Tampoco es importante el magro desempeño futbolístico de Argentina en el Mundial de España 1982, llegando como campeón defensor y siendo eliminado en segunda ronda. Aunque si, para aquella cita mundialista, todas las miradas estaban puestas sobre el 10, que había sido vendido al Barcelona en la previa.

Si consideramos su inactividad, primero de tres meses por hepatitis detectada a fines de 1982, y luego de otros tres meses –que debían ser seis, pero él se recuperó en tiempo record- en la temporada siguiente por una fractura en su tobillo derecho, el saldo de una Copa de la Liga y una Copa del Rey en la temporada 1982/83 y haber llevado a su equipo a la final de la Copa del Rey del año siguiente, no deja de ser positivo.

Lo que si queda claro es que, aun cuando todo lo que se esperaba de él era que jugara el fútbol cómo sabía hacerlo, Maradona comenzaba a formar su propia marca. Aquella que se emparentaba poco con el prototipo de deportista que las marcas buscaban para auspiciar. Desde la rebeldía táctica en un fútbol físico, desde la desfachatez en un deporte cada vez más profesional y desde su presencia, incluso tomándose a golpes luego de perder una final con el Athletic de Bilbao, midiendo apenas 1,65 metros.

La mudanza a Nápoles para la temporada 1984/85 fue la inyección que su figura necesitaba para consolidarse como héroe. Ese que los napolitanos buscaban y los argentinos deseaban. La llegada del 10 al Sur de Italia cambió para siempre el paradigma de aquel equipo, que pasó de salvarse del descenso a clasificarse a la Copa UEFA 1986/87.

De todos modos, el Mundial de México 1986 fue el que catapultó a Maradona rumbo al pedestal del que aún nadie ha podido destronarlo hasta el momento y por el que todavía se espera un sucesor. Bajo la dirección técnica de Carlos Salvador Bilardo, que en la antesala de la cita mundialista se dedicó minuciosamente al armado de un equipo que lo acompañe, el 10 lideró al seleccionado nacional rumbo a su segunda Copa del Mundo, obtenida tras ganarle por 3-2 a Alemania en la final, con goles de José Luis “Tata” Brown, Jorge Valdano y Jorge Valdano.

Será que aquel equipo fue la alegría de un pueblo que tres años atrás había vuelto a la democracia, abandonando siete años de completa oscuridad. Será que aquella descollante actuación de Maradona en el partido de cuartos de final que Argentina le ganó 2-0 a Inglaterra con dos goles memorables, uno eludiendo a cuanto inglés se le cruzara en la recorrida de 60 metros que hizo con la pelota y otro con la mano, fueron un acto de justicia en nombre de los jóvenes caídos cuatro años atrás en la guerra de Malvinas.

De regreso en Italia, Maradona lideró nuevamente al Napoli que en 1987 ganó su primer Scudetto y también se quedó con la Copa Italia. Allí, un nuevo acto de justicia encabezado por Maradona. En esta oportunidad, deportiva. Hasta ese año, ningún equipo del Sur de Italia había logrado adjudicarse ambas competencias locales. Aquello era algo exclusivo de “los poderosos del Norte”. Ubicado como uno de los mejores futbolistas del mundo, al 10 no tardaron en llegarle ofertas importantes, una de ellas de Silvio Berlusconi, que lo quería “si o si” en el Milán. La identificación con Nápoles pudo más y Diego terminó renovando su vínculo hasta 1993.

Antes del Mundial de Italia ’90, en el que los simpatizantes del Napoli acabaron hinchando por Argentina –incluso cuando esta se enfrentó con el seleccionado local en semifinales-, Maradona llevó a su equipo a consagrarse campeón de la COPA UEFA 1989 y del Scudetto de 1990.

Después vendría la suspensión por un doping positivo en cocaína a mediados de 1991, 15 meses fuera de los campos y su participación en múltiples partidos a beneficio, aún con la FIFA amenazando con la aplicación de nuevas sanciones.

El retorno al fútbol en 1992 con la camiseta de Sevilla, la pelea con Bilardo por sustituirlo después de hacer que se infiltre durante un entretiempo, su pelea con los directivos del equipo andaluz, la vuelta a Argentina para jugar con la camiseta de Newells e incluso su participación en el Mundial de Estados Unidos 1994 podrían ser motivo de un extenso análisis, pero el mismo se centraría en lo deportivo y muy poco en la figura anhelada de Maradona.

Lo cierto es que Diego continuó ligado al fútbol, cumplió una nueva sanción de la FIFA y se retiró con la camiseta de Boca en 1997, pero detrás de aquel 2-1 de Argentina ante Nigeria en tierras estadounidenses se escondió el fin de una era que trascendió a los logros deportivos.

La carrera de Diego Armando Maradona se caracterizó por su propia construcción de un relato disruptivo. De un jugador que llegó a la cima y siempre fue Fiorito, siempre fue “pueblo”. Nunca se “vendió”. La metáfora perfecta de un país con todo para hacer cosas inimaginables y un poder autodestructivo pocas veces visto.

La rebeldía contra el sistema, la rapidez para ensayar un mítico “me cortaron las piernas”. La rebeldía para apuntar sus cañones contra Joao Havelange, por entonces presidente de FIFA, y también contra Julio Grondona, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino.

Maradona es el joven inocente que debutó en Argentinos Juniors con 15 años y al que Menotti dejó afuera del Mundial del ’78 por su juventud. Es también el que pasó casi sin pena ni gloria por Boca y Barcelona, pero que se reinventó en Napoli y con Bilardo en la Selección.

Es el semi-Dios que hizo a napolitanos y argentinos tocar el cielo con las manos por un rato, y más tarde demostró ser más humano que todos ellos juntos.

Luego de su retiro, las esperanzas se depositaron en Ortega, en Riquelme y hasta en Messi. Todos cumpliendo en mayor o menor medida con sus aportes dentro del campo, pero jamás llenando aquel vacío que dejó Maradona.

Maradona fue muchas personas en una, como futbolista, como técnico, como hijo y como padre. Comprenderlo y sintetizarlo sería imposible. Quizá por eso, por la ausencia de héroes por fuera del fútbol que vayan contra el sistema, nadie haya podido reemplazarlo en su status de “jugador del pueblo”.

Quizá es por eso que recién se va, pero hace rato lo extrañamos. Gracias, Diego.

Por Leo Zaccaro.

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